Pesadillas universitarias
¿Cuáles son los peores recuerdos de tu vida estudiantil?
Mi
pesadilla universitaria
La gente en su mayoría suele olvidar sus sueños y, en concreto, sus pesadillas y seguir adelante. Sin embargo, existen pesadillas inolvidables, te persiguen no solo por las noches, sino también durante el día y hasta la vejez. Se fijan en el inconsciente y no te dejan ver las cosas a través de un prisma distinto.
A mí me pasó eso con los estudios del antiguo inglés en
la Universidad. La profesora era muy estricta, rígida y exigente, con ella
había que pillarlo todo al vuelo. Durante el curso nos daba un sinfín de
información sobre la evolución de la lengua: cómo el inglés se transformaba
bajo la influencia del latín, nórdico antiguo y posteriormente del francés
normando. Lo que me hizo sudar la gota gorda era el análisis de los textos en
inglés antiguo. En los talleres teníamos que obtener créditos para evitar el
examen oral. Para ello, nos quemábamos las pestañas estudiando los materiales y
muy a menudo pasábamos las noches en vela haciéndolo. Me tocaba hacer de
empollona y participar activamente en estos talleres para obtener los puntos por
cuales todos se peleaban como si se fuera a acabar el mundo.
Para aprobar la prueba escrita, cada estudiante tenía que
preparar un análisis etimológico, fonético y gramatical de un texto determinado,
en el que había que hacer muchas cosas para dar la talla: aplicar las reglas de
transición de las vocales, tener en cuenta los cambios en las raíces de las
palabras, identificar los préstamos lingüísticos y trazar la evolución de las
palabras del inglés antiguo hasta el inglés medio y moderno. En realidad, era tan difícil que muchos estudiantes – especialmente
quienes estaban pez en la asignatura –pedían ayuda a los que ya habían aprobado
la prueba en años anteriores. Entre nosotros circulaban apuntes, consejos y
hasta “trucos secretos” para sobrevivir al análisis.
P.D. Os dejo algunos ejemplos de
nuestros trabajos horripilantes para que veáis por qué derramábamos lágrimas.
Análisis etimológico: End (v.)
Native, ME “enden”, OE “endian”, from
the source of end (n.): ME “ende”, OE “ende”, from Proto-Germanic *andja-, from
PIE *antjo-
Proto-Germanic layer
Análisis gramatical: books
Noun in the plural form; Common case
The source of the marker of the plural
form –(e)s is the OE inflection –as of the a-stem declension, masculine,
nominative and accusative plural.
OE –as > ME –es [әs] (reduced into
the neutral sound) > NE –(e)s [s/z/ɪz] (voicing of fricatives in final
syllables)
The ending –es was the prevalent
marker of nouns in the plural in Late ME; in NE it extended to more nouns.
OE bōc; root-stem, feminine; plural
bēc
ME pl bookes > NE books
The development of the ME plural
inflection: ME [`bo:kәs] > [ bu:ks] (the loss of the unstressed vowel in the
final syllable; ‘s’ in the inflection is voiceless after the voiceless
consonant ‘k’) > NE [buks]
[o:] > [u:] GVSh > [u]
quantitative change: shortening of vowels before clusters of 2/3 consonants
other than ‘mb,nd,ld’ in ME
OE Masc a-stem declension spread to
other declension types by analogy.
Análisis fonético: child
|
cild [k’ild] c [k’] – before the front vowel
‘i’ |
child [tʃi:ld] [k’] > [tʃ]
– changes of consonants in ME [ɪ] >
[i:] – qualitative change: 1st lengthening of the vowel in Late OE
before the cluster ‘ld’ |
child [tʃaɪld] [i:] > [aɪ] - GVSh |
Diliara
Pesadilla escolar
Tenia 7 años cuando empecé la escuela primaria. Y me ocurrió una "aventura" durante la primera semana. Yo llegué a la escuela temprano y subí a nuestra aula. Me senté a la mesa y me di cuenta con horror de que no tenía ninguna de mis cosas, ni siquiera mi mochila. Tenia miedo de decírselo a la maestra.
Había pasado la mitad de la clase cuando entró la directora de mi escuela con mi mochila en sus manos. Todos los niños simultáneamente bajaron la cabeza porque le temíamos a ella como al fuego.
Ella gritó muy fuerte:
¿ De quién es esta mochila?
Yo contesté con susto que era la mía y que la había olvidado en el primer piso.
Ella gritó aún más fuerte:
¿Pero no te olvidaste de la cabeza?
Fue una pesadilla y todavía lo recuerdo.
Pero lo peor fue que mi hija empezó la escuela primaria y esta señora era su maestra.
Vera Smacina
Inna Burtman
Mis pesadillas por causa de los estudios.
Tengo muchos recuerdos inquietantes por causa de los
estudios. Tenía muchas ganas de entrar a la Universidad Rusa de la Amistad de
los Pueblos (RUDN) y pasaba las noches en vela. Sin embargo, no obtuve los
puntos suficientes para los exámenes finales. El golpe más duro fue el
examen de Inglés, aunque era la asignatura para la que mejor me había preparado.
Simplemente tuve mala suerte con el tema de la tarea.
Entré a la Universidad Estatal Social de Rusia (RGSU)
donde me habían prometido que estudiaría cosas relacionadas con América
Latina y la lengua española. Pero no dieron la talla. El primer día de estudios
descubrí que solo podía elegir entre coreano y chino. Estuve a punto de
abandonar y regresar a Krasnodar. Durante un año iba a piñón fijo y luchaba con
la administración de la universidad y al final gané. Abrieron un curso de América
Latina.
El siguiente paso fue ingresar al Máster. Elegí una
universidad durante mucho tiempo, pero finalmente decidí quedarme en la RGSU. Trabajaba
y tenía miedo de no poder conciliarlo con los estudios. En realidad me quemaba
las pestañas. Trabajaba de 9 de la mañana a 6 de la tarde, y estudiaba desde
las 7 de la noche hasta las 2 o 3 de la madrugada. No tenía tiempo para hacer
tareas ni escribir mi tesis durante el día. Como resultado todos mis estudios transcurrían
en horario nocturno.
Recuerdo aquellos días con horror. Ese ritmo de vida que
llevaba afectó mi salud. Pero al final terminé la universidad, y después recibí
el buen trabajo. Hoy vuelvo a combinar varias actividades: el trabajo con el
Doctorado, por ejemplo, pero hoy en día sé cómo organizar mejor mi tiempo.
Una de las pesadillas de la vida
Las pesadillas a veces ocurren en nuestra vida, no solo durante el sueño, sino también en la vida real, cuando algún acontecimiento de carácter negativo te arrastra una y otra vez, como si rebobinaras una cinta. No tenía experiencia en cambiar de universidad ni en enfrentarme al limbo de una profesión futura, pero recuerdo claramente un evento negativo que cambió mi vida de la forma más radical.
Durante mi formación en una escuela de Lituania, solían surgir emociones positivas en general, ya que tenía muchos amigos y amigas, una vida interna muy activa; aunque mi posición pública entre los alumnos nunca me preocupaba. Sin embargo, un día la directora me ofreció participar en la elección del presidente de la escuela. Hasta ahora no sé por qué me dio esa oportunidad; tal vez vio en mí cierta capacidad de liderazgo para competir por un puesto administrativo junto con otros cinco candidatos.
Las responsabilidades consistían en lo siguiente: mejorar la prestación de los servicios, organizar la vida cultural y deportiva de los alumnos, formular propuestas para la dirección y rendir cuentas sobre los gastos.
Teníamos un tutor que nos apoyaba durante la campaña electoral; los debates y actividades se parecían mucho a unas elecciones presidenciales reales. En los debates me desenvolvía bien, aunque nunca pensaba demasiado en mi promoción personal, mi carisma o en cómo influir en los distintos grupos de edad. Como era de esperarse, las elecciones resultaron ser un fracaso para mí. No quiero decir que el resultado me sorprendiera tanto, sino que los candidatos que obtuvieron el primer y segundo lugar eran más conocidos en la escuela por su posición social o por su erudición.
Sin embargo, me lo tomé muy a pecho y, siendo adolescente, sentí que la vida se me había acabado. Para superar esa sensación de abatimiento, no sabía qué hacer. Afortunadamente, mi padrino me recomendó el libro de Dale Carnegie Cómo ganar amigos e influir sobre las personas. Este libro me dio un soplo de aire fresco y cambió mi actitud ante las victorias y las derrotas. Desde entonces, no tengo pesadillas, a menos que, de vez en cuando, sufra de privación del sueño.
Stanislav
Yo, una mujer común y corriente, me atrevo a pensar en cómo debería ser la educación perfecta, esa que nos moldea no solo para el mundo laboral, sino para la vida misma. No es un ensayo académico; más bien una conversación conmigo misma, una reflexión que fluye como un río tranquilo, mezclando recuerdos y sueños. Empezamos por la educación familiar, porque ahí es donde todo comienza. En mi imagen ideal, la familia no es un aula rígida, sino un jardín donde crecemos libres. Nadie me bombardearía con lecciones de matemáticas o historia desde los cinco años; en cambio, me enseñarían a través de la vida cotidiana. Mi abuela me enseñaba a cocinar no con recetas escritas, sino con historias de su juventud, reiamos mientras picábamos cebolla y cortábamos verduras. La educación perfecta en casa es sobre los valores, en mi opinión humilde. Desarrollar la empatía al ayudar a un vecino, la responsabilidad al cuidar de una mascota, y la curiosidad al explorar el mundo juntos. No hay exámenes ni calificaciones; hay conversaciones nocturnas, donde se cuestiona todo, desde "¿Por qué el cielo es azul?" hasta la pregunta preferida de mi prima"¿Qué harías si yo me casara con el arzobispo Chipriota que es, al mismo tiempo, presidente de la republica?". (Viviamos en medio de la crisis de Chipre). Todavia se lo recordamos hasta el dia de hoy. Es una educación emocional, que construye resiliencia y amor propio, no miedo al fracaso. Si fallas, no te castigan; te abrazan y dicen: "atrevete, inténtalo de nuevo". Ahí, la familia se convierte en el primer maestro, sembrando semillas de confianza que duran toda la vida. La educación escolar y universitaria. Dios, qué pesadilla puede ser la escuela tradicional, sobre todo los tests que miden cuánto recuerdas, no cuánto piensas. En mi visión ideal, la escuela es un laboratorio de aventuras - clases donde no se memorizan fechas históricas, sino que se recrean batallas con juegos, o se diseña una máquina del tiempo con ciencia y arte. Los profesores no son dictadores, sino guías curiosos, que preguntan más de lo que responden. "¿Qué pasa si mezclamos la química con filosofía?", dirían. La educación universitaria sería aún más profunda - no las carreras obligatorias, sino caminos personalizados. Yo elegiría un semestre explorando la pintura en los museos, otro viajando a comunidades remotas para aprender sobre sostenibilidad, y otro creando proyectos con gente de diferentes culturas. No hay diplomas como trofeos; hay portfolios de vida, donde demuestras no solo tus conocimientos, sino su impacto en el mundo.
Me doy cuenta de que la educación ideal no es perfecta; es imperfecta por su diseño, porque la vida lo es. Mezcla fallos y triunfos, como cuando intenté enseñar a mi hijo a tejer y terminamos los dos enredados de hilos y riendo. Lo que importa es el equilibrio: la familia que nutre el corazón, la escuela que afila la mente, y la universidad que lanza al vuelo. Si pudiera volver atrás, no lo cambiaría todo; aprendería de los errores, como esa vez que suspendí un examen y aprendí que el fracaso es un maestro duro pero honesto.
La educación ideal está en nosotros, en cómo elegimos enseñar y aprender cada día.
Elena
Pesadilla universitaria
A decir verdad, los cuatro cursos de mi licenciatura - todos (con algunas excepciones) pueden considerarse como una pesadilla de duración a cuatro años. No me interesaba en absoluto la profesión de abogado, juez o fiscal, por eso era muy difícil encortrar algo positivo. Pero no era solamente aburrido. Era muy duro estudiar en la universidad ya que cada clase pasaba como un verdadero examen. Los profesores casi no explicaban nada y querían que busc+aramos la información indepentdientemente y sin ninguna ayuda. Pero hubo una vez una pesadilla verdaderamente diabólica. Yo estudiaba en un grupo que se consideraba maldito porque siempre recibíamos a los profesores más crueles y locos. Y el más cruel y loco era un profesor de derecho penal que no enseñaba nada, sino que ponía una nota de dos a cada alumno que no le gustaba. Y por desgracia él me odió desde el primer instante de nuestro encuentro. Este profesor siempre me ponía malas notas y, al final, yo reprobé su examen de derecho penal aunque aprendí todo sobre el tema. Entonces, tuve que hacer el examen de nuevo. La segunda prueba pasó afortunadamente bien, y aprobé el examen. Pero era una experiencia muy dura y detestable. Era una presión infernal de parte del profesor del que no deseo ni recordar su nombre. Pero, por suerte, todo pasó y yo dejé el grupo maldito y me pasé a otro con los profesores más tranquilos y normales.
Pedro
Pesadilla
universitaria
En
general, no tuve muchos problemas durante mis estudios en la universidad,
excepto con dos o tres asignaturas de las más complicadas. Una de ellas fue folclor
ruso que estudiamos en el primer año. Por cierto, estudiaba filología.
Pues,
no esperaba que el folclor ruso fuera una asignatura tan aburrida y difícil.
Además, no todos los libros y los manuales eran fáciles de conseguir en la
biblioteca universitaria. Así que tenía que pasar mucho tiempo leyendo libros
sobre el folclore en las bibliotecas de Moscú, pero lo peor era nuestro profesor
con un apellido folclórico – Moroz, al que yo le tenía manía.
Tenía los ojos negros, llevaba barba larga.
Era muy estricto y exigente. Ese tipo me daba escalofríos. Recuerdo que no me
gustaban sus clases, porque los temas los explicaba brevemente, pero preguntaba
mucho.
También
era muy difícil encontrar la información necesaria para el examen, porque en
aquella época de los años noventa, no había internet disponible como ahora. Es
decir, teníamos el acceso limitado a internet sólo en la universidad. Por
supuesto, no tenía ni mi propio ordenador, ni wifi en casa (.
Supongo que no me preparé bien para el examen. Como
resultado, saqué la nota 3 (aprobado). Al principio estaba molesta, pero cuando
descubrí que muchos estudiantes lo habían suspendido (y esta era una situación
habitual), me tranquilicé.
Lo
más importante era que no tuviera que repetir el examen. ¡Por fin las
vacaciones comenzaron!
Natalia Pavlova
PESADILLA UNIVERSITARIA
Hoy, a la “altura de los años”, todo el periodo
universitario me perece maravilloso: la gente nueva, un montón de conocimientos
e información novedosa – sistematizados, concentrados – proporcionados
gratis)), ninguna obligación de “adultos” (ni trabajar, ni siquiera pagar el alquiler,
ni para colmo, los impuestos), solo estudiar y vivir una vida interesantísima,
fuera de la Universidad. Sin embargo, buscando en el “archivo- baúl de los
recuerdos”, puedo encontrar algo que vamos a definir como una pesadilla.
La tuve en el inicio de mis estudios de
licenciatura. Ya habíamos presentado los exámenes – y cuatro suertudos habíamos
aprobado – las Pruebas de Acceso a la Universidad de la Amistad de los Pueblos
(en aquel tiempo nombrado en honor a Patrice Lumumba), y estábamos en la lista
de los aceptados de la facultad de matemáticas. Conviene subrayar, que nuestra
Universidad era bastante especial, en particular, antes de ponerse a investigar
las asignaturas especializadas, todos los estudiantes – y extranjeros, y rusos
(eso significa todos ruso hablantes, sin tener en cuenta la nacionalidad) –
durante un año tenían que estudiar la lengua extranjera. Éste año se llamaba “la
facultad preparatoria”.
Resulta obvio que los extranjeros estudiaban ruso
para poder después seguir el aprendizaje principal en ruso, conveniente con el
temario universitario común. En cuanto a los rusos, no todo estaba tan claro. Existía
suposición de que seguíamos con la lengua que habíamos estudiado en la escuela.
Pero como todos éramos de regiones y de escuelas muy diferentes, nos avisaron
de que tendríamos una evaluación adicional, complementaria, la meta de la cual fuera
a formar los grupos de los estudiantes con el nivel de la lengua más o menos
igual.
En la escuela secundaria y preparatoria yo había
estudiado el inglés como la lengua extranjera. Y no se me daba nunca – esa es
otra historia vinculada con una experiencia negativa de la primaria. Siempre me
sentía en esa materia a uno o a dos pasos detrás de mis compañeros (de un grupo
de los alumnos sobresalientes, de verdad, pero siempre hay variantes)). En
general, la perspectiva de pasar un año sabático lleno de inglés – no menos que
22 horas por semana – me asustaba mucho, me parecía una cosa escalofriante. Así
pues, con todo este “background” yo troné, suspendí ignominiosamente la prueba
de clasificación de nivel de la lengua.
No me encontré en las listas de los alumnos de inglés,
me quedé de piedra. “Me van a expulsar sin darme la posibilidad de empezar; ¿qué
voy a decirle a mis padres?; ¿qué voy a hacer con mi vida?!” – pensé. Pero la
solución resultó ser muy sencilla: los que no sacaron buenas notas de ingles
estuvieron distribuidos aleatoriamente de grupos de estudios de otras lenguas
de nivel “cero”. Me inscribieron en el grupo de francés. Y eso fue una
maravilla, un evento fabuloso que en algunos momentos futuros mejoraría mi
vida. Verbigracia, en la maestría universitaria me propusieron una pasantía del
Derecho médico y de la sanidad – por el nuevo contrato entre RUDN y la
Universidad Paris-8 – la universidad de Paris, durante tres meses maravillosos
en primavera (¡y me pagaron una beca – 1000 euros por mes!). [Es que después de
la facultad preparatoria cambié la matemática por derecho, pero eso también es
otra historia))]. Después de mi licenciatura de derecho colaboré durante dos o
tres años con la agencia de traductores – es que nuestro Universidad nos dio
dos títulos: uno de la especialización principal y otro de traductor de la
lengua extranjera – y descubrí que el francés era pagado más caro que el
popular inglés. Tuve – como jurista-traductora del francés – el interesantísimo
viaje de negocios a francófono “Kongo ex-Belgica”. Y de verdad mucho, mucho más.
El aprendizaje desde “cero” en un grupo nuevo pasó muy fácil, como fue una
chica bastante responsable, en aquello tiempo ya no muy torpe (al contrario)),
si podemos decir “di la talla” con las clases de francés. Me fascinaba el descubrimiento
del segmento de los conocimientos mundiales “francófonos”: la literatura, la
cocina, los viajes, y – un poco mas tarde – la pintura franceses; la tierra
absolutamente desconocida para mí – África francófona, etc. Todo eso se me daba
sin esfuerzos enormes, paso a paso, como la parte del programa universitaria y
lectura extracurricular. ¡Y como amplia horizontes y facilita los viajes el
dominio del idioma del país por cual pasas como turista!
Pues, para finalizar ese texto que debía de ser un ensayo-deberes bastante corto con la léxico nueva, tengo que constatar: lo que en un momento de tu vida puede parecer una pesadilla, quizás de otro vertiente te abra las rutas, los destinos alternos que te den mucho mas de placer y suceso. No vaya a piñón fijo, que seas flexible y todo pueda arreglarse por sí solo))
Ksenia Khanina
Pesadilla. Dedicado a los
profesores.
Las reglas para aprobar los
exámenes en las universidades de mi juventud eran
severas y obligatorias. Si no sacabas "apto" por la sesión / temporada de pruebas no tendrías
derecho para aprobar los exámenes finales del semestre
de otras asignaturas.
Hay que decir que desde mi
niñez no me salían bien el deporte y yo pasaba por los
pelos las normas deportivas escolares sacando buenas notas por lástima de mis profesores y por tener las buenas notas de
otras disciplinas. Es eso lo que me ayudó a terminar la
escuela (el cole) con la nota final bastante alta.
Pero al ingresar en la
universidad no tuve tanta suerte. Nuestro profesor de educación física era un hombre de edad mayor, pero delgado y fuerte y
estaba en una forma física perfecta. Tenía una mujer de 20 y pico de años y un hijo de 2.
Es que era un gran deportista
y creía que los demás también deberían ser como mínimo estrellas del deporte. En cuanto a mí
no tenía ninguna posibilidad de sacar "apto" en
deportes en la sesión de pruebas, tampoco establecer récords. Entonces cada medio año después
del semestre seguía atrasando la prueba deportiva.
En otras palabras, la educación física era una pesadilla para mí por lo pesado que era el profesor - deportista. Era el
quien no me daba el permiso para seguir adelante con mis exámenes
principales.
Mientras todos mis compañeros
tenían un buen o mal expediente probando los exámenes y al final se iban de vacaciones, yo debía hacer los ejercicios en el estadio corriendo, saltando y
haciendo todo lo que no me daba ningún éxito, sino un fracaso permanente.
Además
yo empezaba a aprobar los exámenes cuando ellos ya habían regresado de vacaciones.
!Era horrible! Tenía las pesadillas soñando con el profesor, con sus órdenes y sonidos del silbato y con su voz de entrenador: "
!Preparada, lista, ya!
Hay que añadir que todos sabían esquiar. Si no sabes esquiar aún
no puedes copiar nada como lo hagas, por ejemplo, en el examen de mates. Para
mi no había salida. Yo podría
cruzar un barranco o una pequeña colina de la mi propia manera; quitando los
esquís y llevándolos en mis
manos.
Una vez tuve que esquiar a
los inicios de verano.
La única
forma que me había propuesto el profesor era correr 5
km a cambio de esquiar.
Parecía
que el confiaba en mí y me di cuenta que sí, no puedo llegar a ser deportista sino graduarme.
A pesar de sudar la gota
gorda durante mis estudios obtuve el diploma y estaba feliz.
P.D. Lo recuerdo durante toda mi vida y todavía no se esquiar.
Elena

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