Elena Velichko
¡Hola a todos! En vez de teorizar sobre el
tema de la alta cocina os cuento una historia real, como siempre tengo
muchísimas...Esta aún me hace sonreír con una mezcla de
admiración y nostalgia.
Había cumplido cincuenta años cuando me encargaron
traducir el libro de Anne-Sophie Pic, la única mujer en
aquel momento en ostentar tres estrellas Michelin como chef. No era un capricho editorial, no era un
encargo cualquiera, era un reto técnico, casi antropológico. No era solo un
libro de cocina, claro que no. Era un retrato íntimo de una mujer que había
heredado un imperio culinario, luchado contra las sombras de su legado
masculino y redefinido lo que significa ser “excelente” en un mundo donde el
fuego de la cocina solía quemar más a las mujeres que a los hombres. Pic no
escribe con florituras. Su prosa es clara, precisa, exigente. Habla de
temperaturas exactas, tiempos de cocción, orígenes geográficos de los ingredientes. Yo, ya llevaba décadas traduciendo textos
técnicos, literatura y hasta manuales de ingeniería, lo acepté. Pensé: «Será difícil, pero factible».
Pronto descubrí que no lo era.
El primer problema no fueron las emociones ni las metáforas
porque Pic escribe como si cocinara con versos.
Es precisa, técnica, casi quirúrgica, pero ahí comenzó el verdadero problema, un
inferno profesional.
En Rusia, en aquel momento, no
existían muchos de los productos que Pic mencionaba como si fueran de uso
cotidiano: ciertas variedades de col silvestre, pescados de ríos
alpinos, cortes de carne definidos según una lógica francesa de despiece que no
tiene equivalente en los mercados rusos no porque no haya ternera, sino
porque no la cortan así. Intentar
encontrar un “equivalente” no era traducir- era inventar,
como Pasternak. Y yo, muy rígida porque formada en la escuela
soviética de precisión textual, detestaba inventar donde el autor había sido
tan riguroso. Con mi obsesión por capturar no solo el significado, sino el sabor de cada palabra, me sumergí en ese universo como si fuera una cazuela
al fuego lento. ¿Cómo traducir «filet de bœuf dans la bavette à l’onglet»
cuando en Moscú el carnicero te mira como si hablaras en sánscrito? Mirad, hay ciervo común, venado rojo, el corzo
¡y muchos más! ¿Habríais entendido? Luego vinieron las verduras. No
cualquier verdura: alcachofas violetas de Provenza,
chirivías silvestres, hierbas aromáticas que crecen solo en ciertos valles
alpinos. En Moscú aún hoy en día, no hay acceso a ellas. Ni siquiera en los
mercados gourmet. Y aunque las hubiera, su sabor no coincidiría. Entonces,
¿traducir el nombre? ¿Inventar un equivalente? ¿Decir “una especie de apio”
y traicionar el plato entero? Intenté añadir notas explicativas al pie. Propuse un glosario
técnico, incluso esquemas e ilustraciones. El editor las tachó, reduciendo a
tres líneas al final del libro: «El lector ruso quiere leer, no estudiar
anatomía bovina o un manual de etnobotánico».
Yo discutí la traducción con mi familia, escribía mensajes a mis amigos (siendo
de esas almas anacrónicas que aún creen en el papel, hubiera podido
mandar cartas), contándoles cómo luchaba por traducir expresiones
como «le silence du poisson»“. ¿Cómo
transmitir en ruso esa delicadeza casi espiritual que Anne-Sophie ve en un
plato?”, me preguntaba. “En ruso todo suena más fuerte, más directo… ¿Y si le
quito el alma al texto al hacerlo comprensible?”
Ellos, desde sus lugares perdidos en el país, me
respondían con sus propias dudas: “Quizá el alma no está en las palabras, sino
en lo que dejas entre ellas”. Y después
de las conversaciones, correos, cartas, alguna que otra llamada a altas
horas de la noche en los Urales o en Vladivostok—a saber, si en aquel entonces la cocina de
autor ya existía en esos lugares—. Encontré algo cerca de la verdad. Así traducía sufriendo.
Quise cambiar el
título, hacerlo impecable, hacerlo sonar como un susurro de cuchara sobre
porcelana. İHala!
Suspiré y seguí adelante. No por entusiasmo, sino por
profesionalismo.
El libro se publicó. Tuvo cierto éxito entre los
entusiastas de la alta cocina, publicaron otras obras de Pic. Pero para mí, quedó
una sensación de extrañeza: había traducido un mundo que no podía existir en mi país, ni siquiera en la
imaginación de quien intentara reproducirlo en su cocina.
Mucho después —ya con el libro en librerías, ya olvidado
por los editores —, hice un viaje a Lausana con mi marido. Pic tiene un restaurante en el más lujoso
hotel de la ciudad, decidí ver y probar el motivo por el
que había sudado tanto. Aun para la Suiza esto es un lugar a precios
exorbitantes, así, no hubo meses de antelación para reservar. Me sentí en ese comedor extrañamente minimalista y pomposa a la vez, con
manteles blancos y copas tan finas que parecían romperse con la mirada. Nos
sirvieron un menú degustación de seis platos.
Cada uno más pequeño que la palma de mi mano. Algunos, apenas tres hojas, una
espuma, un polvo dorado. Pagué más de 400 francos
suizos por cabeza, una suma que, en Moscú, daba vértigo solo
nombrarla.
Y allí, en medio de platos diminutos, presentaciones
impecables y sabores sutiles hasta la abstracción, me sentí… fuera de lugar. No por falta de cultura culinaria
—al contrario—, sino porque comprendí, con una claridad dolorosa, que aquella cocina no estaba hecha para ser comida, sino para
ser interpretada. Como una partitura musical que solo unos pocos pueden
tocar… y aún menos pueden permitirse escuchar.
Salí del restaurante hambrienta, con el estómago vacío y el
alma llena de preguntas. No enfadada, no ofendida, solo perpleja.
—¿Traduje un manual? ¿Un manifiesto? ¿O un
catálogo de lujo para iniciados?
Mi marido, viéndome callada, preguntó:
¿Esto es comida? No es mala. Es
interesante. Pero no sacia. Y cuesta una fortuna que en Moscú alimentaría a una
familia durante una semana.
—¿Valió la pena?
No respondí enseguida. Solo mucho después, al recordar
ese momento, dije:
—Valió la pena haberlo intentado. Pero no
engañemos a nadie: ese libro no se puede cocinar en
Rusia. Solo se puede leer… como ficción.
Me di cuenta entonces de que no
estaba traduciendo recetas, sino un sistema de valores: el de una élite
culinaria global, desconectada de la realidad de quien abre un libro buscando
cocinar, no meditar sobre la textura del aire licuado. El sistema de valores de
quienes pueden permitirse digerir una fortuna en una semana. Digerir la comida,
que fue una vez a la portada de los pobres o incluso más que eso – fue
solamente para los humildes e hizo una carrera vertiginosa.
A veces, lo más
honesto que puede hacer un traductor no es encontrar equivalencias, sino señalar el abismo entre dos mundos que usan las
mismas palabras… pero no comparten el mismo pan.
Nunca volví a tocar un libro de cocina de alta gama.
Prefiero a Dostoievski, al menos, cuando sus personajes tienen hambre, de verdad se mueren de hambre. Pero a traducir
Dostoievski nadie me invita. Por eso seguí traduciendo sobre los engranajes...
En mi cocina, el aroma
del pan recién horneado es mi primer abrazo casi cada mañana. Las dietas
estrictas siempre me parecieron como inviernos sin fin: frías, interminables y
contrarias a la naturaleza humana. Un cuerpo humano no es una máquina de cálculo
de calorías, sino un jardín que necesita distintas estaciones para florecer.
Observando a los demás saltándose un almuerzo por miedo a engordar, su tristeza
me duele más que cualquier kilito de más. La comida no es mi enemiga; el
enemigo es la culpa que le imponen a cada bocado aquellos que siguen sus dietas.
En mi familia se sabe desde siempre que un plato de sopa caliente cura más que
mil prohibiciones. Comer con atención, saboreando cada cucharada, enseña más
sobre saciedad que cualquier tabla de restricciones. Las dietas milagro son como promesas de primavera
en pleno enero: ilusorias y congeladas en su propia mentira. Disfruto el
arenque con patata no por rebeldía, sino por respeto a lo que mi cuerpo anhela
en el frío. Un yogur con miel a las cinco de la tarde no es pecado, es ritual
de ternura hacia mí misma. La delgadez extrema nunca fue sinónimo de salud en
nuestro país. Escucho a mi estomago como escucho a un viejo amigo: con
paciencia y sin interrumpir sus señales. Las modas alimentarias pasan como tranvías;
la sabiduría del hambre y de la saciedad permanece como el Kremlin en su
colina. Comer lento transforma la mesa en templo y el tenedor en instrumento de
meditación. Nadie envejece feliz castigando su paladar con hojas sin aliño
mientras sueña con un trozo de pastel. La verdadera disciplina no está en
negarse el postre, sino en elegirlo con consciencia y degustarlo sin
remordimientos. Cada cuerpo agradece el equilibrio, no la escasez disfrazada de
virtud. La grasa no es veneno: la ansiedad sí lo es cuando convertimos cada
plato en campo de batalla. Para mi un día sin pan es un día sin alma, entre
risas y mantequilla derretida me acuerdo de los tiempos cuando llevaba la
maleta llena de buen pan casero de Roma o Milano a cada viaje. Las revistas gritan
“¡prohíbe esto, elimina aquello!", pero el silencio de una cena compartida
habla con más verdad. La comida une generaciones en la mesa y rechazar el
placer alimenticio es como negarse a sentir el sol en la piel un día de
deshielo. Mi peso ideal es en el que me muevo con energía y duermo sin
pesadillas de elementos prohibidos. Las dietas que empiezan el lunes, casi
siempre terminan el miércoles entre lágrimas y chocolate escondido, por eso
prefiero caminar junto al rio que contar calorías bajo la luz fluorescente de
una báscula. Un cuerpo nutrido con alegría brilla más que uno esquelético por
obligación.


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