La vida desde el final- La ruta natural

 La ruta natural- La vida desde el final 



 

La vida al revés o un cuento de una historia interminable

" La edad sería infinitamente más feliz

 si pudiéramos nacer a la edad de 80

 y alcanzar gradualmente los 18"

 Mark Twain

Érase una vez, no sé dónde ni cuando, en un pueblo lejano vivían unos enanos. Aunque eran de un tamaño pequeñito podían trabajar desde la mañana hasta la noche, sembrar y cosechar en sus terrenos amplios, construir sus preciosas casitas, descansar en los prados maravillosos, celebrar unas fechas memorables y crear a sus hijos. Es decir, que eran trabajadores y generosos y vivían de una manera alegre y llena de bondad.

Su vida cotidiana transcurría en las colinas con robustos y árboles colorados. Nacian, aprendian a andar y hablar. Al crecer un poco, paseaban en los parques de jardines infantiles jugando con sus amiguitos. A lo largo del tiempo iban a la escuela donde aprendían a leer y calcular, tener buenas relaciones con sus compañeros de las clases.  Aprendían ciencias en la universidad si habían tenido buenas notas en las pruebas. Entonces se hacían profesionales, se casaban, daban a la luz a sus niños, envejecían y se hacían viejitos amistosos y maduros, pero ya

 débiles y no sanos.  Morían, eran enterrados en el cementerio cercano bien cuidado. Todo el pueblo participaba en el funeral de los difuntos.

 

Cuentan que en el centro de la aldea se encontraba una plaza con la torre de madera con un reloj muy exacto. El puesto de relojero era honoroso y preferido por los ciudadanos.

 Una de las tradiciones más importantes para los habitantes era cuidar el reloj como si fuera una joya. Cada mes toda la gente se reunía en la Plaza Central al mediodía llevando toda la clase de relojitos para comprobar el tiempo/la hora. Después de ese proceso tan significativo festejaban cantando, bailando y disfrutando de la vida. Gracias a ello, todas las tareas eran ordenadas y ejecutadas. La noche segúnía  al día, el verano a la primavera, incluso las fábricas funcionaban como un reloj.

¿Habrían tenido la idea de que eran desventurados?

Una vez, se reunieron en la Plaza Central y un viejito respetuoso le dijo a sus nietos:

 

"No es justo que durante la juventud debamos trabajar desde la madrugada hasta el crepúsculo, aunque queramos viajar, y divertirnos y no tenemos tiempo y posibilidad para hacerlo, pero cuando nos hacemos viejos tenemos tiempo y ya no nos da la gana viajar y divertirnos como podíamos en la juventud". Al pronunciar está frase sucedió algo inesperado. El reloj de la Plaza Central se paró y las agujas dejaron de moverse.

Todos los participantes se quedaron con la boca abierta... El relojero subió por la escalerita especial para reparar el reloj,  trató de hacerlo, pero no le salió. A partir de aquel momento las agujas del reloj de la Plaza Central empezaron a moverse al revés y comenzó la vida desde el final. Los bebés nacían viejitos, maduros y débiles. A lo largo del tiempo iban rejuvenecido antes de hacerse adolescentes y niños y al final de su vida se hician recién nacidos y morían.

De pronto, por esos acontecimientos tan raros se reunieron los enanos en la Plaza Central para resolver el problema. Unos de ellos decían que la vida había mejorado: "Mientras más vives, más sano y joven eres. Es justo. Antes sabíamos que llegaría la vejez era malo y nos poníamos tristes por nuestras enfermedades. Ahora, ya ha comenzado el siglo de la justicia". Pero los otros murmuraban:

 " El tiempo debe andar/moverse hacia adelante, es muy extraño que los bebes enseñen a los adultos" Así que los debates surgieron ya por aquí, ya por allá.

De un modo o de otro, nació un viejito maduro e ingenioso en la familia del relojero.  Es increíble que supiera todo lo de los relojes al nacer. Entonces pidió a su padre que le llevara al trabajo a la Plaza Central. Su padre en aquellos tiempos se hizo un niño, habitualmente jugaba con sus amigos al fútbol, montaba la bici y a veces trabajaba de relojero. De verdad, se puso muy contento por este ruego. Pues, llegó el "bebé - viejo" a la Plaza, subió por la escalerita especial y reparó el reloj en un momento. Las agujas volvieron a moverse hacia la derecha y inmediatamente las cosas volvieron a la normalidad.

La noche seguía al día, el verano a la primavera, incluso las fábricas funcionaban como el reloj. La vida cotidiana transcurría en las colinas llenándolas de robustos y árboles colorados. Nacían, aprendían a andar y hablar. Al crecer un poco, paseaban en los parques de jardines infantiles jugando con sus amiguitos. A lo largo del tiempo iban a la escuela donde aprendían a leer, calcular y tener buenas relaciones con sus compañeros de las clases.  Aprendían ciencias en la universidad si tenían buenas notas por las pruebas. Entonces se hacían profesionales, se casaban, daban a la luz a sus niños, envejecían y se hacían viejitos amistosos y maduros, pero ya

débiles y no sanos. Cuando morían, eran enterrados en elсementerio cercano bien cuidado. Todo el pueblo participaba en el funeral de los difuntos.

Erase una vez, no sé donde ni cuando, en un pueblo lejano vivían unos enanos...

Así es la historia interminable...

 

 

Epilogo.

Hoy en día en la Plaza Central sobre la pared de la torre está escrito:

"Todo viene de ninguna parte y se va a ninguna parte".

"No importa si eres pequeño o grande, bajo o alto, joven o viejo.

Cada etapa de la vida tiene su propia belleza."

 

"Y así se cuenta y se vuelve a contar éste cuento de nunca acabar".  

                                                                            Elena Fedorova



La Odisea invertida de Flipy, el planeta flipante

En las profundidades del espacio, donde las galaxias bailan valses locos, nació Flipy, un ser cósmico único: un planeta vivo que vino al mundo como un mundo anciano, cubierto de cráteres profundos y montañas desgastadas por eones.¡Nació viejo! Con rios secos y volcanes bostezando de aburrimiento."¡Que fastidio!, pensaba Flipy, mientras echaba una mirada al universo infinito.

Pero su vida era al revés: en lugar de erosionarse, rejuvenecía. Primero, sus cráteres se alisaron, y echó raíces en forma de asteroides cercanos para estabilizarse."No eches margaritas a los cerdos", se decía evitando gastar energia en estrellas vanidosas. Echó una cana al aire orbitando más rápido y pronto sus montañas se convirtieron en colinas juguetonas.

Un dia, Flipy decidiò viajar. Echó la llave a su òrbita aburrida  y se puso a rodar por el cosmos, recolectando cometas como amigos. Le echó el guante a un cinturón de asteroides y lo arrastró consigo, riéndose con las erupciones divertidas. "¡Echar las campanas al vuelo!", celebraba cada vez que una luna nueva nacia de su superficie.

A medida que rejuvenecia, Flipy se encogia de planeta a asteroide grande, echaba chispas en forma de meteoritos alegres. Le echò una mano a los planetas vecinos, ayudándolos a girar mejor y juntos echaron cuentas de sus aventuras pasadas. "Esto salta a la vista en las nebulosas", comentaba un cometa sabio.

Pronto, Flipy fue un asteroide mediano, haciendo travesuras frente a las estrellas con sus órbitas erráticas. Echó por la borda sus recuerdos pesados y se echó unas carcajadas, creando auroras boreales de colores psicodélicos. Le echó los tejos a una nebulosa coqueta y bailaron en espirales.

Al encogerse más, se convirtió en un metéoro veloz, echando leña al fuego de su juventud con colas de luz cegadora. Le echó una bronca a los agujeros negros envidiosos y siguió adelante asombrando las constelaciones efímeras.

Finalmente, Plipy ya era un guijarro diminuto, luego un grano de arena cósmica, y al final un átomo vibrante. "¡No eches a perder este final!", pensó, mientras me echaba en cara el vacio de su victoria. Con una última chispa se echó a volar hacia el corazón del universo, desapareciendo en estallido de la luz pura. "¡Si quieres buscarme - mira el cielo!".

Asi terminó la vida invertida de Flipy: de anciano planetario a particula eterna, dejando el cosmos un poco màs divertido.






La garrapata vieja 

Una vez se aparició una garrapata vieja. Ella ya era muy sabia y todas las larvas, sus hermanitas pequeñas, la consideraban sus conocimientos como el peso del plomo. La barriga de la garrapata vieja ya había sido llenada multiples veces y ya estaba saciada. Por eso era sabia ya que tenía todo lo que necesitaba. Pero los demás jóvenes no la entendían. Y la garrapata vieja siempre estaba sola porque nadie la quería escuchar. Pero una vez hubo una catástrofe para toda la comunidad de garrapatas. Regresaron muy pocos desde su “expedición”. Dijeron que había sucedido algo muy raro. Habían unos trocitos, como de polvo, que eran blancos, pero después de haberlos comido las garrapatas murieron. No sabían nada que hacer. Entonces, la garrapata vieja, como era ya sabia, dijo que habían encontrado la sal de nitratos que siempre mata a los insectos. Pero después de haberlo escuchado, las garrapatas empezaron a regañar y a maldecir a la garrapata vieja. Dijeron: “¿Por qué no lo has dicho antes?”; “Pero es que no quisieron escucharme…”- contestó la garrapata vieja. Pero nadie quería reconocer su culpa. Entonces, la garrapata vieja seguía estando sola. Otra vez, sucedió un accidente más. Algunas garrapatas no regresaron de su “viaje” porque muchos no habían podido moverse – estaban inmóviles después de haber caminado sobre una superfície muy extraña y pegajosa. Y de nuevo la garrapata vieja les dijo que había sido una trampa con pegamento para insectos. Pero en vez de escucharla, la muchedumbre empezó a regañarla por no haberles dicho antes. Entonces, la vida de la garrapata-protagonista pasaba. Poco a poco la garrapata vieja se convertía en una garrapata joven y madura. Pero la comunidad no la aceptaba. Entonces, su vida continuaba en soledad. La garrapata protagonista vivía separadamente y fue convirtiéndose en una larva. Aquella larva era muy débil pero nadie la quería ayudar porque todos estaban rabiosos por su sabiduría y moderación en la vida. Así la naturaleza devolvió a la larvita a su seno como una parte de sí misma. Fue una lección que nadie entendió. 

MORALEJA: Amenudo la gente no quiere escuchar a los que les parecen extraños incluso cuando ellos dicen algo muy sabio e importante. La gente prefiere los estereotípos y supersticiones en vez de escuchar a los que pueden ayudar en un caso difícil. Ser una oveja negra es muy duro. 

Pedro











Hombre lobo

En un bosque fantasma, bajo las ramas de pinos gruesos nació un lobo viejo y enfermizo. Su rostro estaba tan arrugado que recordaba a un pergamino antiguo. El lobo estaba desdentado, mudando el pelaje y con mala vista. Tenía noventa años y su andar era lento y asíncrono.
Un día, unos veterinarios hallaron al lobo abatido, con el espíritu cansado y el cuerpo sin fuerzas, y decidieron cuidarlo hasta verlo erguirse otra vez, orgulloso y vivo.

Con el tiempo el lobo se transformaba en un espécimen maduro con aspecto físico robusto. Su pelaje se hizo espeso y grisáceo, tenía colmillos desarrollados y una mirada firme. No necesitaba más tratamiento porque su cuerpo se hacía más fuerte por sí solo. Entonces, los especialistas consideraron que su destino era el zoológico, un sitio donde su extraordinaria naturaleza podría ser observada y apreciada por todos.

El lobo destacaba entre los demás miembros de su especie: más grande, más ágil, y con músculos poderosos que vibraban con cada movimiento. Sus sentidos se agudizaban, su olfato, su oído y su vista le permitían percibir el mundo de formas que ningún otro lobo podía. Poco a poco, comenzó a desarrollar rasgos humanos: entendía mejor el habla de quienes lo rodeaban, sus ojos adquirían una profundidad y una ternura que nunca antes se habían visto en su especie.

Y entonces, una noche de luna llena, sucedió lo inesperado: la transformación se invirtió. El lobo, bajo la luz plateada de la luna, se convirtió en un hombre. Su cuerpo aún conservaba la fuerza y agilidad de su forma animal, pero su mirada ahora reflejaba pensamientos, emociones y recuerdos humanos.

Cuando el guardia del zoológico, en lugar del lobo que solía vigilar en su recinto, descubrió a un hombre, no pudo creer lo que veían sus ojos. Sin embargo, en el fondo de su alma comprendía la verdad: frente a él estaba un hombre lobo, pues en aquellas tierras desde antaño se contaban leyendas sobre tales criaturas. Para evitar las consecuencias, decidió liberar al hombre en secreto y anunció al público que el lobo había escapado.

El hombre lobo vivió mucho tiempo entre los humanos, su energía y su esencia permanecieron firmes durante años. No obstante, con el tiempo las transformaciones se hicieron cada vez más raras, hasta que, al final, el antiguo gen del lobo que llevaba en la sangre se extinguió por completo.

Y fue así como el hombre en el que se había convertido comenzó a rejuvenecer con cada año, como si su vida al avanzar fuera en sentido contrario. Fue joven, después un niño, y finalmente se desvaneció, retornando al misterio de donde había llegado.

Cuentan que aquella noche el guardián del zoológico escuchó un aullido prolongado. Y aunque hacía ya mucho que en esas tierras no habitaban lobos, comprendió que la bestia no había muerto, sino que había vuelto a ser parte de la antigua leyenda.

                                                                                Diliara S

Rosa. La vida desde el final

En un hermoso jardín nació una rosa. Desde el principio se dio cuenta de que no era como las otras flores. Mientras las otras eran brillantes y preciosas, la rosa estaba seca y marchita. No podía entender la razón. Todo le parecía tan injusto.

Un día empezó a llover, luego salió el sol. De repente la rosa empezó a cambiar. Su tallo se había transformado, era verde y fuerte, sus hojas se tornaron jugosas y los pétalos se pusieron rojos. ¡Qué hermosa soy! —pensó—. Así pensaban otras plantas y admiraban su belleza.

Con el paso de los días, la rosa comenzó a disminuir. Era un sentimiento extraño, como si debiera volver al principio de su vida, pero no tenía miedo de morir, porque sentía que eso no era el final de la vida. Y no se equivocó: la rosa se convirtió en una semilla que se durmió en la agradable tierra para nacer de nuevo cuando los meses fríos terminaran y la primavera llegara.

                                                                      Natalia Pavlova








La vida al revés: Ameba* – abemA.

En lo profundo de un charco escondido, en la sombra eterna de una colina banal y ordinaria en un bosque lejano, inesperadamente se escuchó el sonido: "!Pop!" Nació una ameba. Pero no nació como los demás – no como la consecuencia de la división en dos partes del individuo materno, sino como una criatura entera, íntegra desde su inicio. Nació como un ser ya maduro, podemos decir un anciano. El charco la recibió en silencio ("Mmm…", —exclamó el charco), pues aquello era un misterio: su vida había comenzado por el final. Pero lo más misterioso era que la ameba no sintiera ni notara ninguna diferencia.

Si la protagonista hubiera nacido en un ciervo viejo, habría podido transformarse poco a poco y crecer al revés, teniendo las sensaciones y las experiencias extrañas y misteriosas: disfrutar el aligeramiento de la cornamenta quebrada de su anfitrión, entender que sus patas recobraban firmeza, que su piel se tensa, etc. Después habría podido convertirse en un cervatillo lindo, jugar con los reflejos en la hierba, beber de los arroyos. Después de haber descubierto todos estos milagros de la vida de un mamífero, al final habría desapareciendo disolviéndose como lluvia de estrellas en el verdor del bosque.

Si Abema hubiera nacido como una mariposa – también en sus últimos días, en ese algoritmo de la vida deviante, del final al empiezo – habría tenido muchísimas posibilidades fabulosas: volar de flor en flor, sentir la mezcla extraña de alegría y miedo (alegría por poder explorar el espacio floral y sentir el aire en sus alas; miedo por no saber y entender la duración previsible de su existencia), admirar los colores y cambios de ese mundo. Es muy probable que hubiera llegado a ser un insecto muy conocido y respetado en su jardín escondido. Su final también hubiera sido digno e interesante: se habría convertido en un gusano-filósofo, valorando cada momento de la vida inconcebible.

Si aún, por desgracia, hubiera nacido como un varón de ser humano, un viejo verde, decrepito y desagradable, habría tenido la oportunidad de convertirse gradualmente en un príncipe azul. Quizás. Al menos se deleitaría con los placeres de la continuidad de la especia a través de la reproducción sexual.

Sin embargo, ella nació como la ameba. Entonces, solo comía y engordaba; si tenía hambre, su tamaño un poco disminuía; hartándose ella se agrandaba. Cada día, cada momento seguía comiendo: sin distinguir los sabores ricos o mediocres, ni los olores, ni siquiera los colores. Como no tenía ni pupilas gustativas, ni tampoco nariz, ni ojos. Comía para vivir, pero al mismo tiempo vivía para comer. Que ironía tan amarga. Era la tercera vez que ella había nacido de esa manera extraña. ¿Y cuál fue la diferencia? Cada vez muriendo ella se dividía en dos partes, en dos amebas nuevas, idénticas a ella misma; naciendo aparecía como la misma ameba, y después de un rato era más grande. Apenas el sonido de la aparición y de la desaparición con el cambio ínfimo (“Pop” – “Pop”), y el tamaño. Pero el tamaño no importa, todos lo conocen. Maldita vida. “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”. Para vivir, para comer y para mover los seudópodos. Así es, de profunda…

                                                                 Ksenia Khanina

­­______

* Protozoo rizópodo cuyo cuerpo carece de cutícula y emite seudópodos incapaces de anastomosarse entre sí. Se conocen numerosas especies, de las que unas son parásitas de animales, otras viven en las aguas dulces o marinas y algunas en la tierra húmeda.





                           Ciervo- Ovreic

En lo profundo de un valle escondido, bajo la vigilia de montañas antiguas, nació un ciervo.
Pero no nació como los demás, frágil y ávido de protección y cariño, sino como un anciano de pasos pesados, cornamenta quebrada y mirada cansada.
El bosque lo recibió en silencio, pues aquello era un misterio: Su vida había comenzado por el final. Al principio, su andar era torpe y lento. Parecía llevar a cuestas siglos de memoria: conocía los senderos, aunque nunca los hubiera transitado; reconocía el murmullo del río como si ya lo hubiera escuchado en incontables otoños. Era, en su nacimiento, la encarnación de un crepúsculo.

De forma asombrosa, a medida que el tiempo pasaba, el ciervo se transformaba y crecía al revés, en sentido contrario al mundo. El desgaste que a otros les traían los años, en él se evaporaban como humo. Su cornamenta, en lugar de crecer y volverse majestuosa, se iba aligerando hasta quedar en puntas suaves. Sus patas recobraban firmeza. Su piel se tensaba. Sus ojos brillaban con la chispa de la juventud.

El bosque observaba. Los árboles, en cada estación, lo veían desandar la vejez y convertirse en un fuerte e imponente macho. El invierno lo volvía fuerte; la primavera lo hacía ligero. En verano ya corría con la agilidad de un joven que desconocía la fatiga.

Hasta que un día, cuando las hojas caían de los elevados árboles, el ciervo era apenas un cervatillo. Saltaba por los claros como si quisiera escapar de los inexistentes peligros. Jugaba con las sombras, bebía de los arroyos con una sed infinita como si fuera la primera vez.

Y finalmente, una mañana de neblina clara, cuando el sol apenas asomaba entre las montañas, el cervatillo se tumbó sobre la hierba. No agonizó ni sufrió, simplemente se disolvió como lluvia de estrellas en el verdor del bosque. Su cuerpo áureo se mezcló con las plantass, con las gotas de rocío, con los tallos que brotaban frescos.

No murió como mueren los animales. Regresó a la naturaleza de la que había nacido: convertido en musgo, en río, en viento, en semilla. El bosque no lo lloró, porque comprendió su significado: no había vivido para llegar a un final, sino para recordar que toda vida, al invertirse o al seguir su curso, siempre regresa a la misma fuente. Así, el ciervo se volvió eterno. No en la memoria de un rebaño, sino en las pulsaciones del bosque, en el ciclo vital que no termina nunca.    


Mariposa- Asopiram

En un jardín escondido, bajo la sombra de un viejo roble, nació una mariposa que no era como las demás. Sus alas estaban arrugadas, sus colores apagados, y su vuelo era torpe y lento. Los otros insectos la miraban con curiosidad y lástima, y ella sentía un peso extraño en su corazón: ¿por qué había nacido tan cansada cuando la vida parecía pedirle alegría y movimiento?

Al principio, se escondía entre las hojas, temerosa de que el mundo la rechazara. Observaba cómo las otras mariposas danzaban con gracia y libertad sobre las flores, y un sentimiento de tristeza profunda la envolvía. Sentía que la vida era un juego del que ella había sido excluida, y su corazón se llenaba de preguntas que nadie parecía responder.

Con el paso de los días, algo milagroso comenzó a suceder: sus alas, antes arrugadas, se aligeraban poco a poco; sus colores, opacos, empezaron a reflejar la luz del sol; y su vuelo, inicialmente torpe, se volvió ágil. La mariposa sentía una mezcla extraña de alegría y miedo. Alegría por poder finalmente explorar el jardín y sentir la brisa en sus alas; miedo porque con cada mejora le presagiaba algo extraño, no comprendía que todo tenía un límite, y que pronto desaparecería como si nunca hubiera existido.

El jardín, lleno de aromas y secretos, le ofrecía una grata compañía inesperada. Los abejorros la miraban con respeto, los colibríes la saludaban con un zumbido curioso, y hasta las flores parecían inclinarse hacia ella como si reconocieran su majestuosidad. Sin embargo, incluso entre sus amigos, la mariposa se sentía sola: sabía que nadie podía vivir exactamente lo que ella vivía, y que cada instante de alegría estaba teñido de una sensación melancólica por causa de lo efímero.

Cuando llegó a la juventud, era apenas una cría, su vuelo se volvió juguetón y sus colores, intensos y brillantes, casi dolorosamente hermosos. Saltaba de flor en flor, bailaba con el viento y exploraba cada rincón del jardín como si fuera un mundo recién descubierto. La tristeza del principio seguía ahí, silenciosa, pero casi imperceptible: se preguntaba si se nacía decrepito y cansado y la vida abarrotaba a cada ser con regalos de vivacidad, energía e ilusión. Su corazón, que había aprendido a valorar las cosas, temía quedarse sola.

Una mañana, mientras el rocío aún brillaba sobre los pétalos y el sol comenzaba a acariciar las hojas, la mariposa se posó en una flor. Sus ojos eran curiosos, estaban hambrientos de conocimientos profundos. Lentamente, sus alas se disolvieron en el aire, mezclándose con la luz, el polen y la brisa, convirtiéndose en parte de todo aquello que había amado.  El jardín la conservaba en cada aroma, en cada color, en cada soplo de viento sus vuelos y piruetas.

Por último, la mariposa se vio convertida en un gordo gusano que adelgazaba con estrépito. Comprendió el mensaje: la vida podía ser bella, llena de color y aromas, y la soledad podía ser un peso, pero cada instante de alegría y descubrimiento en el pasado eran tesoros invaluables.  Incluso si el tiempo se invierte y el ciclo es extraño, cada momento vivido con intensidad deja una huella que trasciende la existencia individual.

Y así, su conflicto se resolvió. La mariposa entendió que la tristeza y el miedo no podían impedir la belleza de vivir plenamente, aunque fuera en la dirección contraria a la realidad. La desaparición podía ser un acto de amor y un nuevo camino hacia el encuentro con la naturaleza que nos acoge.














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